Era mentira...
Qué facilidad. Parece que todo se solucionará tras correrse, como si después de la tormenta no llegase mi angustiosa calma.
La reina de la racionalidad era esa señora (tan señora). Esa profesora que acude a clase despeinada y con una resaca de más y un orgasmo de menos. Y les enseña a sus alumnos la asignatura de educación para la ciudadanía y cuando sale a la calle todas las miradas tropiezan sobre sus piernas. Tenía razón cuando decía que lo mío es crónico. Si supieras las veces que he perdido la cabeza por no tenerla entre tus piernas.
Es angustiosa la mirada de la inseguridad, más aún de la dependencia, de ser de alguien.
Es desesperante el miedo a empezar y equivocarse.
Hablo de clavos ardiendo esperando que los agarre. De pitonisas que siempre se repiten. De borradores acumulados.
Y ojalá existiese un manual de instrucciones de mi cabeza para saber en qué capítulo me he perdido, y cómo vuelvo a mi estado natural y salgo de este desamor propio.

