
En las horas de oficina él se imaginaba atravesando un bosque, desabrochando un sujetador, bebiendo con amigos, mirando desde los balcones de las promesas que se cumplen. Fue siempre así desde pequeño: en el colegio viajaba con la cabeza, cuando estudiaba viajaba con la cabeza, cuando su jefe le hablaba él flotaba por un cielo naranja, por algún recuerdo o a lomos de un sueño por cumplir. De ese modo le rascaba el barniz a la rutina hasta hacer un agujero en la superficie del presente, un agujero por el que mirar las cosas hermosas de la vida. Era un hombre feliz, no le costaba mirar a través de la pared que formaban las largas jornadas laborales, siempre con el optimismo colgado de su brazo como una novia enamorada él conseguía ir cuadrando cuentas, rellenando informes, sintiendo cómo se le colaba ya en la boca el sabor de la cita que tendría aquella noche. Con una muralla de facturas por revisar frente a él era capaz de distinguir el olor de los naranjos de su infancia, las meriendas con brasero con su abuela, la emoción azul de aquellos años. No es que no quisiera crecer, es que supo hacerlo sin tachar el nombre del niño que fue. Se endureció sin perder la ternura, aprendió que esta vida cuadriculada, el vida vallada lo es porque hemos traicionado al niño que fuimos, ese que corría por la hierba mucho más rápido de lo que lo hacía el porvenir.
Marwan
Abrí los ojos y vi lo que nadie quiere ver, quizás por vergüenza, quizás por no morir de pena.
Vi una generación quebrada, una generación que se desangra por el desagüe de la vida. Mueren los corazones por no saber sentir y unos ojos lloran por no saber llorar. Se desarma la tierra y nadie está para agarrarla. Los colegios son fábricas de máquinas donde prima la ignorancia, donde reina el desamor al arte y el alumno asiente, pero no siente ni padece. Me muero en mi generación, y en la de todos. Todas las declaraciones de amor escritas en una servilleta mueren olvidadas. Nadie habla ya de las gaviotas que jugaban en los balcones de un niño.
Abrí los ojos para ver, y sólo sé que me puse triste. En un sofá descansaban los principios y el amor. Los hombres y mujeres cada vez más muertos, no saben vivir sin matarse. No saben sentir sin estímulos sintéticos ni un vaso que acompañar de ron. Sin saber que no hay más estimulo que la misma Vida, se han acostumbrado a acuchillarse la nariz y a tener los pulmones encharcados de negro. Han convertido la vida en un burdel barato sin música.
Y ya todos duermen y nadie grita. Nadie quiere ver en lo que va quedando la vida. Nadie se atreve a levantar la voz en este silencio cabizbajo que espera vestirse de luto.
Ya nadie huele las flores del camino; se ha cambiado al sol por un radiador.
Las vergüenzas ya no saben desnudarse de los maquillajes. El niño ha perdido la inocencia.
Ya no se vive por amor, al arte.
Ya no se llora de rabia y alegría.
...Abrí los ojos, y me dormí en el entierro de mi generación...