jueves, 9 de mayo de 2013

El cuadro de la oficina




En las horas de oficina él se imaginaba atravesando un bosque, desabrochando un sujetador, bebiendo con amigos, mirando desde los balcones de las promesas que se cumplen. Fue siempre así desde pequeño: en el colegio viajaba con la cabeza, cuando estudiaba viajaba con la cabeza, cuando su jefe le hablaba él flotaba por un cielo naranja, por algún recuerdo o a lomos de un sueño por cumplir. De ese modo le rascaba el barniz a la rutina hasta hacer un agujero en la superficie del presente, un agujero por el que mirar las cosas hermosas de la vida. Era un hombre feliz, no le costaba mirar a través de la pared que formaban las largas jornadas laborales, siempre con el optimismo colgado de su brazo como una novia enamorada él conseguía ir cuadrando cuentas, rellenando informes, sintiendo cómo se le colaba ya en la boca el sabor de la cita que tendría aquella noche. Con una muralla de facturas por revisar frente a él era capaz de distinguir el olor de los naranjos de su infancia, las meriendas con brasero con su abuela, la emoción azul de aquellos años. No es que no quisiera crecer, es que supo hacerlo sin tachar el nombre del niño que fue. Se endureció sin perder la ternura, aprendió que esta vida cuadriculada, el vida vallada lo es porque hemos traicionado al niño que fuimos, ese que corría por la hierba mucho más rápido de lo que lo hacía el porvenir.


Marwan

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