Ella solo remueve el café. Envidié la simplicidad a la hora de hacer las cosas. La ingenuidad y pulcritud de saberse limpia de despojos. Matices indoloros. No sabe el significado de echarla de menos hasta doler los estambres. Ni ahogarse en mares metafísicos. No tiene ni idea de si hoy es lunes o jueves. Yo tampoco. No puedo evitar la envidia de poder dormir tranquila. Sabiendo todo lo que no sé. Descansar, sin más. Sin sueños. Sin pesadillas. Sin echar dragones por la boca. Sin los libros que me quedan por leer. Sin encontrar el maldito color. Sin la incomodidad de ver peces en el cielo por el reflejo del charco en la ventana. Tanquila y despacio, sin geografía ni matemáticas. Sin tener que buscar ecuaciones difíciles cuando la lavadora se rompe. La envidio porque no sé qué hacer cuando algo se me rompe. Sin pintar mapas para encontrar algo que no sé muy bien para qué pero seguro que cuando lo encuentre me hará falta. Sin pintar puentes. Puentes que lleguen a algún lado. Que unan. Que enamoren a suicidas. O que no lleguen a ningún lado. La envidio porque ella solo remueve con la cucharilla el café. Mientras yo remuevo mares de conciencia, recuerdos que me caen como pianos desde la ventana, mientras hago agujeros negros con los círculos en el café, ella solo remueve el café.
―Entre tú y yo hay una barrera metafísica que nos separa.
(Me besa)