Nos dejamos olvidada la vergüenza en el culo de la primera cerveza. El frío acampaba a sus aires por aquella plaza pintada de naranja. Mientras la botella se vaciaba empezó a sobrar la gente de alrededor. A la segunda cerveza le intuí las sonrisas bajo la ropa. Cambió un sería por será y el cielo se abrió en plena noche. Hacen falta cojones para estar tan loca... A la tercera cerveza nos dio por reírnos de lo perra que es la vida. Una calada al cigarro y derrapé en las marcas de su gesto frágil. Mi envidia se hacía de humo. Después sólo recuerdo que empecé a perder...
Perdí la cuenta de las cervezas y con ellas, la razón, si es que algún día la tuve. Perdí el sentimiento de perder. A los pies de la cama se quedó la ropa y el sentido común. Antes que la ropa me quité esta piel de bicho raro que siempre me acompaña y me pica...
¿Qué hay de errática? ¿Dónde ha quedado toda mi desvergüenza de donjuan y los tacones de cabaret? ...Me llamó cera y me derretí.
Y lo peor no fue la borrachera de besos, la resaca de querer sin querer y de sonrisas.
Lo peor fue que rompió las maldiciones del día después. Que me quedaron fuerzas para dibujarle las curvas con mis dedos bajo las sábanas, y ganas de seguir perdiendo lo poco que me había quedado.
Lo peor es que ni una tormenta me hubiese despertado de esa siesta en su ombligo...

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