lunes, 29 de julio de 2013

El blues de la luna

Y así fue como aprendí que no siempre ganaba el bueno o el malo. Que a veces ganábamos los raros.

Pero sobre todo aprendí a domesticar a una boca desbocada y a curar un corazón con demasiadas costuras descosidas. Descubrí que no necesitaba un domador con la soga al cuello, para tenerme cerca sólo había que soltar la cuerda.

Se moría de pena el aburrimiento y nos bebimos todos los vasos medio vacíos de cerveza, desayunábamos besos y porros y llenábamos los rincones de Granada de flores con sólo imaginarlos. Nos entendíamos con los ojos y cualquier sitio era bueno para desnudarse. Y lloramos y reímos, y igual que dos gatos nos hicimos con todos los tejados. Y como dos señoras supimos decir no cuando tocaba. Y como dos casados, aún sin serlo, supimos querernos tanto y tan bien. Y como dos amantes aprendimos a cogernos de la mano sin permiso y a querernos con rabia y a lo loco. Con un mundo que a veces nos ladraba y se nos ponía en contra y el tiempo a nuestro favor.

Y fue así que los raros y nuestras extrañas circunstancias también compartimos cama y sueños, y nuestra hipocondría compartida sólo da para algún bonito párrafo. Dejamos atrás las pastillas del insomnio para madrugadas feroces, y la luna de testigo nos mira cuando por sus tejados paseamos y le aullamos.

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