martes, 15 de octubre de 2013
Tan Juana y tan don Juan
Y lo peor no fue sentir que me hacía pedazos, ni tan si quiera me importó que te marcharas.
Lo peor fue volver a encalar la fachada, el aire frío por la ventana, los azules, morados, y naranjas que chirriban en mi cabeza, las habitaciones grises con espacios pálidos recordando que antes había un cuadro. Sacudir el polvo del alma, recoger del suelo lo que otros no quisieron de mi, rogarle al calendario un tratado de paz. Lo peor fue sacarle brillo al corazón, convencerle para que volviera a creer, y hablarle de esa señora roja que tan pronto se viste de Suerte como la confunden con Soledad.
Lo peor fue cantarle nanas a mi niña a la hora de dormir, decirle que no creciera, que todavía era pronto para envejecer. Consolarla en los días que despertaba empapada en recuerdos y pesadillas, y ponerle un sueño por cada azulejo. Duerme, duerme...
Lo vergonzoso fue el silencio de después, los tanatorios y las viudas, los ojos del espejo mirándome cansados.
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