Qué necesario es que sonrías
y enciendas la luz.
Llevaba veinte cervezas esperándote.
martes, 10 de marzo de 2015
Ayer
Así es la vida.
Supongo que le importaba un carajo mis planes escritos en servilletas.
Tres siglos tardaba yo en elaborar el más pequeño gran detalle. Hacía minuciosamente relojes de bolsillo con piezas minúsculas, adoptaba una postura seria, me ponía las gafas para verte de cerca, inventaba relojes que no se cansaran de esperar, tenía la esperanza de que funcionara, así que cambié los viejos engranajes por corazones de mosca.
Esta vez tenía que ser.
Tres siglos tardaba yo en elaborar el más pequeño gran detalle. Hacía minuciosamente relojes de bolsillo con piezas minúsculas, adoptaba una postura seria, me ponía las gafas para verte de cerca, inventaba relojes que no se cansaran de esperar, tenía la esperanza de que funcionara, así que cambié los viejos engranajes por corazones de mosca.
Esta vez tenía que ser.
Tres siglos tardaba yo en elaborar un trozo de mi vida,
tres segundos era lo que a ella le bastaba para soplar y romperlo todo,
obligándome así a empezar de nuevo. Una y otra vez.
Aprendí un día, que ante los ojos de ciertas mujeres, los templos de mármol blanco no son más que papel con el que liarse un cigarro.
tres segundos era lo que a ella le bastaba para soplar y romperlo todo,
obligándome así a empezar de nuevo. Una y otra vez.
Aprendí un día, que ante los ojos de ciertas mujeres, los templos de mármol blanco no son más que papel con el que liarse un cigarro.
domingo, 1 de marzo de 2015
Matices del verte
El después de del después de alguien.
Pero qué vacíos nos quedamos.
Cuesta diferenciarnos del jarrón de estampados étnicos que preside la mesa.
Nos parecemos a todo lo que no conoce sangre ni corazón.
La insoportable levedad de estar, sin ser.
Los niños sin gracia, el vaso medio vacío, las canciones tristes de Sabina.
Autoretratos en escala de grises.
Nos convertimos en ciudades saqueadas.
Fumamos, bebemos para recordar, besamos a cualquiera que se le parezca por un rato.
Después, solo queda una mano mojada de nostalgia.
Pero antes de eso, los lunes son un baile en la cocina.
Antes siempre es vísperas de todo.
Los niños entonces tienen gracia.
Y yo en ti castillos, ríos y hasta una vidriera de colores por la que me asomo y me dejas ver que me quieres. Y yo también te quiero.
Fumando, bebiendo, beso a todas las mujeres que no dejan de ser la misma: una. Grande y libre.
He ahí la suerte de ser. De ser ciudad en fiesta. O lo que te dé la gana de ser.
Inventamos nuevos antónimos a la apatía, a la inapetencia y al tedio.
Descubro todos los matices del verde de unos ojos, verde oliva, verde agua, verde café, verde, cielo.
Es la felicidad golpeando los cristales de la ventana.
Pero qué vacíos nos quedamos.
Cuesta diferenciarnos del jarrón de estampados étnicos que preside la mesa.
Nos parecemos a todo lo que no conoce sangre ni corazón.
La insoportable levedad de estar, sin ser.
Los niños sin gracia, el vaso medio vacío, las canciones tristes de Sabina.
Autoretratos en escala de grises.
Nos convertimos en ciudades saqueadas.
Fumamos, bebemos para recordar, besamos a cualquiera que se le parezca por un rato.
Después, solo queda una mano mojada de nostalgia.
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Pero antes de eso, los lunes son un baile en la cocina.
Antes siempre es vísperas de todo.
Los niños entonces tienen gracia.
Y yo en ti castillos, ríos y hasta una vidriera de colores por la que me asomo y me dejas ver que me quieres. Y yo también te quiero.
Fumando, bebiendo, beso a todas las mujeres que no dejan de ser la misma: una. Grande y libre.
He ahí la suerte de ser. De ser ciudad en fiesta. O lo que te dé la gana de ser.
Inventamos nuevos antónimos a la apatía, a la inapetencia y al tedio.
Descubro todos los matices del verde de unos ojos, verde oliva, verde agua, verde café, verde, cielo.
Es la felicidad golpeando los cristales de la ventana.
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