De llegar a casa y echarte de menos.
De estar, de no estar, de parecer que estoy.
De la soledad a las tres de la madrugada.
De todo lo que me falta. A lo que tanto escribo. A quien nunca menciono.
Me cuesta invertir en amores.
Dejar de querer.
Dejar de creer.
Adoro adorar a quien quiero. Cual Venus de Mi-lo.
Y canto eso de que de sobra sabes que eres la primera, pero tampoco te flipes.
Y qué si nunca aguanto la mirada a cierta gente a los ojos. Me pone nerviosa. Supongo que tengo miedo de que puedan ver más allá. Como de quitarme el sujetador. No tanto de abrir las piernas y esta bocaza tan grande. Tengo una lupa para mirarme los huecos, pero reconozco mi paciencia de esperar en el coche a quien quiero unas tres horas, unos tres años y unas tres vidas si hace falta. Esperando, tanto esperar para qué. Para creerme los halagos baratos, fáciles, de usar y tirar, hará falta que a parte de con la boca, me hables con los ojos, entenderás que me los regalan. Para creerme eso que dices que me falta... También. Y a la mierda con la autocrítica y todo eso de que venimos a estar solos. Y con un par de cojones. Tengo un ático mental con vistas a un campo de girasoles, donde no faltan vacas con cabeza de gallinas ni una buena canción de Gardel. Me cambia la cara cuando hablo de mi padre. Y cuando metes los dedos hasta el fondo, de la llaga. Tengo en alquiler el cariño de un padre, el dolor de una huérfana en vida, y las contracciones de un parto creativo. Con frecuencia estoy preñada de un arte no siempre fácil de dar a luz. Estoy enamorada de la fugacidad. De los primeros momentos. Me rompen las despedidas. La indiferencia. Y sobre todo sentirme sola a las tres de la madrugada.

Y entonces
ResponderEliminarvolviste.
Que nunca llegaste
a marcharte
del todo,
pero
volviste.
Con la ternura imposible
de una resaca,
con el olor a quemado
de las promesas,
con tu boca poeta,
tus manos hogar,
espalda de cielo.
Entonces
volviste,
y sigo pensando
qué habría pasado
de no haberlo hecho.
No hubiese probado
aquel beso
en la puerta de un baile.
No hubiera bajado
a aquel antro
sin luz.
No hubiese escuchado
a Vetusta.
No hubiera perdido
mi acento.
Y no hubiese escrito
esto.
Que sigo pensando
qué habría pasado
si no hubieses vuelto.
No sé.
No habríamos visto
la luna
en el sur
de mi isla.
Y en el tendedero
tus bragas. Tus medias.
Y mis camisetas.
Que sigo pensando
qué habría pasado
si no hubieses vuelto.
Habría menos poemas,
más guerras internas,
olor a tormenta.
Mi amor es un cuadro,
mi vida temblando
en la sala de espera.
Y ahora que ya has vuelto
y que todo parece
que vas a quedarte,
te pido y te ruego,
te ruego y te pido,
que no vuelvas nunca.