martes, 16 de junio de 2015

Autorretrato




Estoy hecha de mis idas y venidas. 
De llegar a casa y echarte de menos. 
De estar, de no estar, de parecer que estoy. 
De la soledad a las tres de la madrugada. 
De todo lo que me falta. A lo que tanto escribo. A quien nunca menciono. 
Me cuesta invertir en amores. 
Dejar de querer. 
Dejar de creer.

Adoro adorar a quien quiero. Cual Venus de Mi-lo. 

Y canto eso de que de sobra sabes que eres la primera, pero tampoco te flipes.







Y qué si nunca aguanto la mirada a cierta gente a los ojos. Me pone nerviosa. Supongo que tengo miedo de que puedan ver más allá. Como de quitarme el sujetador. No tanto de abrir las piernas y esta bocaza tan grande. Tengo una lupa para mirarme los huecos, pero reconozco mi paciencia de esperar en el coche a quien quiero unas tres horas, unos tres años y unas tres vidas si hace falta. Esperando, tanto esperar para qué. Para creerme los halagos baratos, fáciles, de usar y tirar, hará falta que a parte de con la boca, me hables con los ojos, entenderás que me los regalan. Para creerme eso que dices que me falta... También. Y a la mierda con la autocrítica y todo eso de que venimos a estar solos. Y con un par de cojones. Tengo un ático mental con vistas a un campo de girasoles, donde no faltan vacas con cabeza de gallinas ni una buena canción de Gardel. Me cambia la cara cuando hablo de mi padre. Y cuando metes los dedos hasta el fondo, de la llaga. Tengo en alquiler el cariño de un padre, el dolor de una huérfana en vida, y las contracciones de un parto creativo. Con frecuencia estoy preñada de un arte no siempre fácil de dar a luz. 
Estoy enamorada de la fugacidad. De los primeros momentos. Me rompen las despedidas. La indiferencia. Y sobre todo sentirme sola a las tres de la madrugada.



1 comentario:

  1. Y entonces
    volviste.

    Que nunca llegaste
    a marcharte
    del todo,
    pero
    volviste.

    Con la ternura imposible
    de una resaca,
    con el olor a quemado
    de las promesas,
    con tu boca poeta,
    tus manos hogar,
    espalda de cielo.

    Entonces
    volviste,
    y sigo pensando
    qué habría pasado
    de no haberlo hecho.

    No hubiese probado
    aquel beso
    en la puerta de un baile.
    No hubiera bajado
    a aquel antro
    sin luz.
    No hubiese escuchado
    a Vetusta.

    No hubiera perdido
    mi acento.
    Y no hubiese escrito
    esto.

    Que sigo pensando
    qué habría pasado
    si no hubieses vuelto.
    No sé.

    No habríamos visto
    la luna
    en el sur
    de mi isla.
    Y en el tendedero
    tus bragas. Tus medias.
    Y mis camisetas.

    Que sigo pensando
    qué habría pasado
    si no hubieses vuelto.

    Habría menos poemas,
    más guerras internas,
    olor a tormenta.

    Mi amor es un cuadro,
    mi vida temblando
    en la sala de espera.

    Y ahora que ya has vuelto
    y que todo parece
    que vas a quedarte,
    te pido y te ruego,
    te ruego y te pido,
    que no vuelvas nunca.

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