De 12 a 8 am pienso en el suicidio.
Durante el día me pregunto a quién le habré guiñado un ojo
para tener esta puta suerte y la oportunidad que ahora tengo.
Me costó entender que sólo eras escombro y unas tetas grandes
y que conmigo harías hormigón.
Menos mal que salí corriendo, mi amor.
Las mujeres tienen algo mágico
una pisa tu cabeza contra el asfalto
después viene otra que te hace poner las manos en el cielo.
Me he vuelto a enamorar
esta vez, de otra ciudad.
Lo que más me gusta, sin duda, el metro
es lo más humano que hay por aquí.
La gente va trajeada y con cara de ningún lugar mientras un niño al lado se ríe
algunos son capaces de concentrar toda la atención del mundo en cuatro frases de un libro
mientras a su alrededor vomitan, gritan y joden.
Esa gente es la que tiene paz en el alma
como nosotros cuando obviamos todas las voces tristes que caben en un cuerpo
para pintar una manzana.
Luego estoy yo,
haciendo fotos tontas a edificios,
comparando con Hopper
siempre de cara a la belleza.
domingo, 29 de septiembre de 2019
sábado, 7 de septiembre de 2019
Septiembre
Las imagino ahí
sueltas en la ciudad
haciendo lo que no hacían conmigo.
Un buen día deciden tomar un café
con ese ser que ayer te contaban era horrible,
engreído y estúpido
que les rompió algo por dentro.
Toman el café de la paz
y vuelven dichosas
a contarte que descubrieron
que ya no sentían nada.
Nada.
Y tú ríes tranquila.
Como el que sin darse cuenta
supera su propio cáncer, ya no duele.
Desapareció el impulso de besarle,
las ganas de meterle la mano bajo la falda,
se quitaron la mochila que llevaba su nombre.
Pero un día la zorra eres tú,
por h o por b le has sacado las tripas
y has quebrado cualquier esperanza
de que esta vez era la buena.
Tras mucho tiempo,
vuelve el café de la paz,
pero ahora es contigo.
Los ojos son cómplices.
Y tú te preguntas
si al volver a casa gozarán, de nuevo,
de no haber sentido nada contigo.
Si habrá alguien a su llegada esperando esas palabras
a quien le contará satisfecha
que te superó,
que ya no dueles, eres un peso menos
y ni siquiera tuvo rabia.
Ni un ápice de ganas de besarte.
Después
me tira el café a la cara
y suspiro tranquila.
sueltas en la ciudad
haciendo lo que no hacían conmigo.
Un buen día deciden tomar un café
con ese ser que ayer te contaban era horrible,
engreído y estúpido
que les rompió algo por dentro.
Toman el café de la paz
y vuelven dichosas
a contarte que descubrieron
que ya no sentían nada.
Nada.
Y tú ríes tranquila.
Como el que sin darse cuenta
supera su propio cáncer, ya no duele.
Desapareció el impulso de besarle,
las ganas de meterle la mano bajo la falda,
se quitaron la mochila que llevaba su nombre.
Pero un día la zorra eres tú,
por h o por b le has sacado las tripas
y has quebrado cualquier esperanza
de que esta vez era la buena.
Tras mucho tiempo,
vuelve el café de la paz,
pero ahora es contigo.
Los ojos son cómplices.
Y tú te preguntas
si al volver a casa gozarán, de nuevo,
de no haber sentido nada contigo.
Si habrá alguien a su llegada esperando esas palabras
a quien le contará satisfecha
que te superó,
que ya no dueles, eres un peso menos
y ni siquiera tuvo rabia.
Ni un ápice de ganas de besarte.
Después
me tira el café a la cara
y suspiro tranquila.
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