sueltas en la ciudad
haciendo lo que no hacían conmigo.
Un buen día deciden tomar un café
con ese ser que ayer te contaban era horrible,
engreído y estúpido
que les rompió algo por dentro.
Toman el café de la paz
y vuelven dichosas
a contarte que descubrieron
que ya no sentían nada.
Nada.
Y tú ríes tranquila.
Como el que sin darse cuenta
supera su propio cáncer, ya no duele.
Desapareció el impulso de besarle,
las ganas de meterle la mano bajo la falda,
se quitaron la mochila que llevaba su nombre.
Pero un día la zorra eres tú,
por h o por b le has sacado las tripas
y has quebrado cualquier esperanza
de que esta vez era la buena.
Tras mucho tiempo,
vuelve el café de la paz,
pero ahora es contigo.
Los ojos son cómplices.
Y tú te preguntas
si al volver a casa gozarán, de nuevo,
de no haber sentido nada contigo.
Si habrá alguien a su llegada esperando esas palabras
a quien le contará satisfecha
que te superó,
que ya no dueles, eres un peso menos
y ni siquiera tuvo rabia.
Ni un ápice de ganas de besarte.
Después
me tira el café a la cara
y suspiro tranquila.
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