Me salí de clase para aprender algo más que álgebra. Me aburría estar encarcelada horas y horas delante de un pupitre bajo cuatro paredes. Y no digo que aprender los nombres de los maridos de Isabel la Católica no sea algo de provecho...dios me libre. Pero prefiero los libros de poesía. Nunca me enseñaron en clase que la vida da bofetadas, ni a quitar un sujetador. Nunca un profesor me dijo que las mujeres muerden, y que mentimos más que hablamos. Claro, que si me lo hubiera dicho, me hubiera echado a reír. En los cassettes escuchábamos cosas que no entendía, ¿donde guardan en clase los vinilos de Edith Piaf?
¿A qué te dedicas entonces? Pues a vivir. No todo el mundo puede presumir de eso. ¿Quién si no lo hago yo, observará el movimiento de las nubes? Por las noches tengo que encargarme del crecimiento de la luna. Por las tardes me dedico a levantar las faldas de quien no debo, y también de madrugada. Luego, a parte de todo eso, pinto. Estoy enamorada de la pintura, lo confieso. Lleno la habitación de cosas innecesarias que me hacen sentir perdida en mi habitación, destapo los botes de pintura, y...empiezo a ser libre.
Y por la mañana vuelta a empezar...nubes, musas, y un desorden caóticamente fantástico...
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Cuantísima razón...
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