Seis años después, o quizás algún siglo menos, apareces molestándote en apartarme el pelo de la cara.
Y te sorprendes al ver que ya no tengo la carita de niña que tanto te gustaba.
Y me sorprendo al ver que ya no soy una niña.
¿Dónde vas ahora que no hay salidas ni destinos? Dónde iré a parar yo...
No te importa el sitio, ni tampoco pillarme con las manos en la masa, o en las piernas de otra, apareces en pálpitos causándole taquicardias a un corazón que ni siquiera ya late por ti. O quizás sí.
A veces puedo olerte a kilómetros de mis rediles, andas cerca siempre por muy lejos que estés. Y eso es lo peor.
Me muero algún que otro jueves por la tarde, y me atrevería a decir que eres la herida con sangre más dulce que conservo en mi cuerpo. Para ti ha de sería un privilegio si tuvieras en cuenta que me gusta echarme cal en ellas.
Pero a ti, ciertamente, poco te importa ya eso.
Ya ni si quiera sé a quién escribo, pero al menos me lees, y sé que no puedo estar muerta.
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