lunes, 13 de octubre de 2014
Entonces andaré por mi ciudad y entraré en el hotel, o del hotel saldré a la zona de los retretes rezumantes de orín y de excremento.
Contigo estaré, amor mío, porque contigo yo he bajado alguna vez a mi ciudad y en un tranvía espeso de ajenos pasajeros sin figura he comprendido que la abominación se aproximaba, que iba a ocurrir el Perro, y he querido tenerte contra mi, guardarte del espanto, pero nos separaban tantos cuerpos, y cuando te obligaban a bajar entre un confuso movimiento no he podido seguirte, he luchado con la goma insidiosa de solapas y caras, con un guarda impasible y la velocidad y campanillas, hasta arrancarme en un esquina y saltar y estar solo en una plaza del crepúsculo y saber que gritabas y gritabas perdida en mi ciudad, tan cerca e inhallanable, para siempre perdida en mi ciudad, y eso era el Perro, era la cita, inapelablemente era la cita, separados por siempre en mi ciudad donde no habría hoteles para ti ni ascensores ni duchas, un horror de estar sola mientras alguien se acercaría sin hablar para apoyarte un dedo pálido en la boca.
...Y tú, de tiempo en tiempo, estás también en la estación pero tu tren es otro tren, tu Perro es otro Perro, no nos encontraremos, amor mío.
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