Ahí está.
Toda una vida reducida a cinco metros de papel.
Primero fue el negro.
Rompiendo toda eternidad difusa del blanco.
Después el angustioso gris.
Atosigante, molesto, incómodo y presente en toda la superficie.
Tras él, azul.
Pero no un azul cielo.
Azul de mar en noviembre. Eterno y frío.
A continuación verde.
Verde de un invierno interminable.
De problemas hasta el cuello.
De carencia.
De vete tú a saber.
Toda una galaxia de colores estrellados minuciosamente,
meticulosamente salpicados.
En el centro de todo esto que conforma una galaxia inestable, yo.
Y por último, coronando toda la gracia de la constelación,
un rojo constante que entra en el papel, lo atraviesa, y sale por el otro lado.
Rojo de amor, constante, rojo fuego, rojo puta, pasión, tan rojo como el odio, como la rabia, como el calor de un beso que va a estrellarse justo al epicentro,
que soy yo.
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