No estas en mi casa
ni en mi cama
ni en el plato
No estas en las calles adonde voy
no sé en qué ciudad
ni con qué gente.
No estas en las bocas que no te nombran
ni en los besos
ni en las caricias que arañan
No estas en mi mesa
entre los lápices
en el culebrón de sobremesa
ni el teléfono cuando suena.
No estas en otras mujeres
ni en otros cuerpos
ni tan siquiera en las canciones
no estás en ningún lado
pero estás
en mi.
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Una estampida de bisontes cuando me miras.
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Todas las noches.
Toc, toc.
Un martillo me martillea la cabeza.
Y suena a todo menos a hueco.
Me evaporo, me hundo en mi, pongo los pies en el techo e intento verlo todo desde otra perspectiva.
Alguien me habló una vez de cambiar los muebles de sitio para no notar que algo faltaba.
Alguien debería besarme los ojos cuando algún impertinente recuerdo se atreve a molestar y compartir conmigo sopa y cama.
A quién va a extrañarle después que ande cual perro callejero desconfiando de quien se acerca a darme caramelos.
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500 noches para curarse solo.
Diez tropiezos por gusto.
Siete plagas de piojos.
Seis puñales en la espalda.
Cinco razones para pensárselo dos veces.
Cuatro catarros mal curados.
Tres novias con mal carácter.
Dos, lo único necesario.
Uno ...pero dos no es igual que uno más uno.
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Tu recuerdo es un pelotazo en toda la cara.
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Conocí una mujer, maestra en avisarme de lo que estaba mal
e inducirme a él
subiéndose la falda
Feroz, leal, verás...
Conocí a otra mujer tan dulce como el ron
aficionada a la poesía
y al desconsuelo.
Casi como yo, pero sólo casi.
Quise a una mujer hecha a mi medida.
A la medida de mi espalda.
A la altura de sus pezones.
Valiente a la hora de mandar a tomar por culo mis enfermedades inventadas.
Audaz en enseñarme lo grande de dos que se miran sin decirse nada y todo lo entienden.
El milagro de la extraordinaria complicidad.
Se enamoró de la forma en la que yo venía para irme.
La ternura del beso en la frente.
Señora en la cama y en la calle.
La puta en este caso
era yo.
Sin embargo me desbordé
con una que venía a deshora
a desmedida
y sin cita previa.
Con ella descubrí que el Bosco no entendía una mierda del verdadero jardín de las delicias.
Tan odiadora de mis inseguridades-de-mierda
Ángel de la guarda de los artistas desesperados
la Magdalena por la que Joaquín suspiraba.
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