viernes, 14 de diciembre de 2012

Princesas de quita y pon

Más guapa que cualquiera y tuve la suerte precisamente yo.
Tú que me enseñaste a fuerza de besos la desgana de vivir. Contigo aprendí a besar sin querer y a tomarme la cerveza cuando me apetecía vino. Me enseñaste a olvidarme de los bailes en la calle a las tres de la madrugada, a pagar los recibos de luz, a comer cocido todos los días y ducharme cuando debía. Los domingos hacía la cama y me ponía guapa para ir a misa. 'Follemos y no te olvides de apagar la luz, cariño'. Cierto día me di cuenta de que mi vida y las vidas perfectas que solían contar los libros de psicología no se diferenciaban tanto. Después de todo, yo también me merecía una vida perfecta. 

Éramos una magnífica pareja, de esas que se besan en el portal mientras las vecinas criticaban. Todo se volvía catastróficamente normal, tan normal que hasta yo me lo empecé a creer. Los domingos tocaba escena de sofá que terminaba en la cama. Yo no sé si respiraba. En momentos de lucidez, mientras volvía del trabajo a casa, analizaba el día y pensaba que me moría. Qué susto. Y a decir verdad lo teníamos todo. No podría haberle pedido más a los besos de su boca, las manos que me tocaban, y las sonrisas que me robaba alguna vez. Pero en cuanto me descuidaba se me olvidaba el corazón en cualquier esquina dormido. Yo ya no lograba respirar más que una planta de invernadero. 

Y ante mi falta de oxígeno rompí con todo y decidí salir a romper las ventanas. Busqué el teléfono de la chica del veintitrés, esa que conseguía hacerme bailar. Me descalzé los pies para sentir las cicatrices. Para sentir que aún sentía. Esperé a que llegaran las tres de la madrugada. Bajé a la calle y me lanzé a la pista de baile. Los vecinos miraban asustados y otros me acompañaron al festival. Volvieron los olores a verbenas y las primaveras al sol. Llegaron las borracheras y el sentido de respirar.

Que susto, casi me muero.


No hay comentarios:

Publicar un comentario