Ni tus piernas
ni tu culo.
Lo mejor de ti no son tus labios de golosina,
ni tus pezones redondos como girasoles.
Ni tan siquiera tu ombligo que forma mi patria.
Qué bueno pintarme relojes en la muñeca para inventarme el tiempo, para poder perderlo, estirarlo,
convertirlo en oro: dártelo.
Los ojos que me miran con sosiego son los mismos que me ven muerta de ti, amor,
vencida, desnuda y mujer.
Porque a la tercera va la vencida, y yo quise ser la primera, que engañases a la segunda conmigo, y sentirme tocada, y hundida, si era en ti.
Mejor es verme de niña buena con los zapatos sucios de jugar.
Soltando flores por la boca, dragones que lejos de destrozar, solo quieren lamer la cara.
Sentirme pez en la cama. Anuncio de compresas.
Lo mejor es verte reír cuando no toca reír, arrastrarme contigo a la risa y a un mundo de marionetas.
Mejor aún es darme cuenta de que llevas un rato cantando,
de que la sonrisa te ha crecido dos besos más desde que llegué.
Sentirme escaparate al ir contigo de la mano.
Darle cuatro patadas a la tristeza.
Escupir por fin el daño y la anestesia de los días sin estar,
y con ello todos los fantasmas del pasado.
Todavía hoy entretenerme pensándote,
salir por la puerta grande de los orgasmos con las piernas sobre tus hombros,
follarte como si fueras de otra, y quererte sabiéndote mía.
No sabría como explicarlo, pero lo voy a intentar.
ResponderEliminarYo venía de un amor incendiado,
quemada de venganzas y reproches,
tú fuiste el gas que encendió la llama que me prendió.
Me llevaste al infierno y me enseñaste que a veces allí abajo se vive mejor,
me miraste a los ojos y me diste placer.
En llamas nos convertimos para arder.
Cambié montañas por barracos,
futuros por presentes,
y me ví con veintitantos ardiendo por dentro,
ardiendo
por
tí.