Rayo de luna
-Yo la he de encontrar, la he de encontrar; y si la encuentro, estoy casi
seguro de que he de conocerla... ¿En qué?... Eso es lo que no podré decir...
pero he de conocerla. El eco de sus pisadas o una sola palabra suya que vuelva a
oír, un extremo de su traje, un solo extremo que vuelva a ver, me bastarán para
conseguirlo. Noche y día estoy mirando flotar delante de mis ojos aquellos
pliegues de una tela diáfana y blanquísima; noche y día me están sonando aquí
dentro, dentro de la cabeza, el crujido de su traje, el confuso rumor de sus
ininteligibles palabras... ¿Qué dijo?... ¿qué dijo? ¡Ah!, si yo pudiera saber lo
que dijo, acaso... pero aún sin saberlo la encontraré... la encontraré; me lo da
el corazón, y mi corazón no me engaña nunca.
Verdad es que ya he recorrido
inútilmente todas las calles de Soria; que he pasado noches y noches al sereno,
hecho poste de una esquina; que he gastado más de veinte doblas en oro en hacer
charlar a dueñas y escuderos; que he dado agua bendita en San Nicolás a una
vieja, arrebujada con tal arte en su manto de anascote, que se me figuró una
deidad; y al salir de la Colegiata una noche de maitines, he seguido como un
tonto la litera del arcediano, creyendo que el extremo de sus holapandas era el
del traje de mi desconocida; pero no importa... yo la he de encontrar, y la
gloria de poseerla excederá seguramente al trabajo de buscarla.
¿Cómo serán sus ojos?... Deben de ser azules, azules y húmedos como el cielo de
la noche; me gustan tanto los ojos de ese color; son tan expresivos, tan
melancólicos, tan... Sí... no hay duda; azules deben de ser, azules son,
seguramente; y sus cabellos negros, muy negros y largos para que floten... Me
parece que los vi flotar aquella noche, al par que su traje, y eran negros... no
me engaño, no; eran negros.
¡Y qué bien sientan unos ojos azules, muy rasgados y adormidos, y una cabellera
suelta, flotante y oscura, a una mujer alta... porque... ella es alta, alta y
esbelta como esos ángeles de las portadas de nuestras basílicas, cuyos ovalados
rostros envuelven en un misterioso crepúsculo las sombras de sus doseles de
granito!
¡Su voz!... su voz la he oído... su voz es suave como el rumor del viento en las
hojas de los álamos, y su andar acompasado y majestuoso como las cadencias de
una música.
Y
esa mujer, que es hermosa como el más hermoso de mis sueños de adolescente, que
piensa como yo pienso, que gusta como yo gusto, que odia lo que yo odio, que es
un espíritu humano de mi espíritu, que es el complemento de mi ser, ¿no se ha de
sentir conmovida al encontrarme? ¿No me ha de amar como yo la amaré, como la amo
ya, con todas las fuerzas de mi vida, con todas las facultades de mi alma?
Vamos, vamos al sitio donde la vi la primera y única vez que le he visto...
¿Quién sabe si, caprichosa como yo, amiga de la soledad y el misterio, como
todas las almas soñadoras, se complace en vagar por entre las ruinas, en el
silencio de la noche?