Don Quijote
domingo, 8 de abril de 2012
Capítulo 50
"Calle vuestra merced, no diga tal blasfemia (y créame que le aconsejo en esto lo
que debe de hacer como discreto), sino léalos, y verá el gusto que recibe de su
leyenda. Si no, dígame: ¿hay mayor contento que ver, como si dijésemos: aquí
ahora se muestra delante de nosotros un gran lago de pez hirviendo a
borbollones, y que andan nadando y cruzando por él muchas serpientes, culebras y
lagartos, y otros muchos géneros de animales feroces y espantables, y que del
medio del lago sale una voz tristísima que dice: ''Tú, caballero, quienquiera
que seas, que el temeroso lago estás mirando, si quieres alcanzar el bien que
debajo destas negras aguas se encubre, muestra el valor de tu fuerte pecho y
arrójate en mitad de su negro y encendido licor; porque si así no lo haces, no
serás digno de ver las altas maravillas que en sí encierran y contienen los
siete castillos de las siete fadas que debajo desta negregura yacen?'' ¿Y que,
apenas el caballero no ha acabado de oír la voz temerosa, cuando, sin entrar más
en cuentas consigo, sin ponerse a considerar el peligro a que se pone, y aun sin
despojarse de la pesadumbre de sus fuertes armas, encomendándose a Dios y a su
señora, se arroja en mitad del bullente lago, y, cuando no se cata ni sabe dónde
ha de parar, se halla entre unos floridos campos, con quien los Elíseos no
tienen que ver en ninguna cosa? Allí le parece que el cielo es más transparente,
y que el sol luce con claridad más nueva; ofrécesele a los ojos una apacible
floresta de tan verdes y frondosos árboles compuesta, que alegra a la vista su
verdura, y entretiene los oídos el dulce y no aprendido canto de los pequeños,
infinitos y pintados pajarillos que por los intricados ramos van cruzando. "
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