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Tampoco fue blanca como la nada de antes de la existencia, silenciosa y blanca, eterna y blanca, fría y blanca. No.
Fue gris, triste, asfixiante, interminable como un cielo de noviembre sobre una llanura pantanosa. Ahí está, a la izquierda del cuadro, esa penosa extensión de sepia. Y en medio de la llanura, mi propia silueta violeta.
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