No recuerdo el día ni la hora. Sólo recuerdo el color de la habitación donde nos conocimos. Un blanco radiante, un blanco de luz. Quizás coincidencia. La primera cara y la primera punzada en el estómago fue en esa habitación blanca. Nunca imaginé que nacería para ese día.
¿Donde estabas cuando el dolor me agarraba el cuello? ¿Porqué no viniste cuando era una niña a salvarme de mis monstruos? ¿En qué manos estabas que no eran las mías?
Fue el principio de una canción en mitad de una guerra.
"¿Ahora?...Esto no son horas..." Me despiertas en mitad de la madrugada con uno de tus caprichos, y yo que vivo para ser tu perro guardián sólo sé obedecer. Me tiras a la cama, me cantas, me haces el amor, me abandonas, me golpeas, te lloro, me despiertas y me vives. Crece conmigo. Empobrécete conmigo si me arruino, enriquécete conmigo si me visita la fortuna, pero no aprendas nunca a vivir fuera de mi.
Primera cita, San Valentín. Me encontré de pronto dejándolo todo por verme esa noche despojándote de tu ropa para vestirte con mi lengua de fuego. Para hacerte mil trajes y lucirte orgullosa. Un amanecer con las pupilas dilatadas y la juventud nos sonreía. Desde entonces llevo tatuado tu nombre en cada poro.
Primera guerra. No escribiré, no la recuerdo, sólo se que lloré en mitad de la noche denunciando el abandono.
¿Y qué será de mi cuando muera?
Mi cuerpo volverá a sus raíces bajo tierra de donde un día salió para chocarse contigo. Entre gusanos y toneladas de tierra no podré escucharte, pero el alma ya te pertecene para siempre. Estos restos que dejo en vida son tuyos, míos, nuestros. Y podrá morir cada primavera, pero mis restos se quedarán aquí para siempre.
Yo ya no imagino otra vida en la que no estés.
Nací para ti y quiero morirme de ti.

No hay comentarios:
Publicar un comentario