Volví a soñar con ese lugar.
Caminaba por los pasillos observando minuciosamente las estanterías. En los pasillos sólo se oía silencio. Un silencio confortador y extraño. Era un sitio enorme, tanto como para perderse. Las estanterías estaban llenas de cosas. Yo miraba, observaba, caminaba, miraba alrededor. No había nadie. Eso era lo que más oía, silencio y nada. Mil variedades de productos, infinitas secciones, espejos, paredes, ascensores. Un lugar blanco...Pero allí no había nadie. Nadie para hablar, nadie que molestara, nadie que levantara la voz, nadie que se atreviera, nadie a quien abrazar.
Fue como el día que caminaba por el hospital, descalza y con un silencio estremecedor. Sólo sentía la frialdad cálida del suelo en mis pies desnudos.
Lo recuerdo. Allí no había nadie.
Desperté, intenté moverme y las manos se me habían dormido. Siento pánico al no sentirme las manos. Puedo vivir sin todo, pero no sin manos. Con ellas puedo crear paraísos aún.

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