Respiramos.
Después volvemos a arrugarnos bajo la indiferente mirada del sol.
El perro me lame la cara.
Queda medio café
y el tocadiscos se niega a cantar sin bailes de salón.
Silencio.
Necesitado y desgastado silencio.
El sol de los perros nos lava los trapos sucios del alma
que de madrugada volveremos a ensuciar.
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