viernes, 4 de enero de 2013

Ruín(a)


Ésta vez no mentía. Sólo yo podía saberlo. Podría haberme levantado entre tantas voces dibujadas que chocaban en el aire y contarlo todo. Pero miraba sentada en mi sillón como la hostilidad subía, como sube la puta de tu pantalón a la cabeza, y bailaba con el aire mientras los platos se rompían bruscamente contra la pared. La rabia vino a visitarnos y mis ojos hacían por no ver. El peor castigo del mentiroso es que hable de la verdad y nadie lo crea. Y ahora soy yo quien con ojos impasibles observa la guerra, sabiendo que el culpable es inocente. La niña que antes se consumía se ha hecho de cicatriz. Ya ves, hoy la calma se apodera de mi entre aullidos.

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