domingo, 27 de enero de 2013

Las calles hablaron de la donna


Decían de la donna que estaba hecha del humo de los bares. Doquiera que fue, bienvenida era. La donna perfumaba las calles con elegancia y misericordia. La cabeza erguida, anillos adornaban sus manos, los tacones decididos iban a un único sitio. Los balcones arrodeaban la cabeza para mirarla. Inasequible capricho que nadie podía comprar. El cielo de París se abría a sus pies. Y si faltaba tabaco, siempre había algún caballero dispuesto a ofrecer un cigarro. Se derretía la bien pagá bajo el sol del nuevo día. Celosas las flores de los balcones alzaban sus tallos intentando hacerse ver. En la pedregosa calle la multitud corría de un lado a otro ocupándose de sus quehaceres. A todos invadía la prisa, a todos menos a algún mendigo que reposaba el fatigado cuerpo sobre un cartón. Unos pedían limosna arrodillados, a otros la corbata no les escondían los ojos tristes y apagados. Igual de pobres, trajeados y bien vestidos. Algunos ricos de alma, sólo algunos. Chocaba el contraste de la pulcritud de las mujeres que en la esquina trabajaban, con la deshonesta imagen de religiosas que más abajo aparecían. Y entre el ir y venir, el acordeón se encargaba de colorear las calles, notas alegres se mezclaban con las gentes.

Y la donna seguía calle abajo, sin tacones, elegancia, ni anillos...sólo tenía un abrigo bajo el que escondía tesoros y versos. Tenía por zapatos un gran camino. Imaginación y sentidos se enredaban en su pelo, y también alguna mentira. Pedestales tenía muchos, todos de paja.
Y era tan pobre como un mendigo rico de alma.

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