jueves, 29 de enero de 2015

Crónica de una muerte anunciada en mi menor

Lo siento, de verdad que lo siento. 
Siento no sentir nada. 
Me siento como el muerto que acude a su propio funeral. 
Cargo con un perro en los brazos muerto de resignación. 
Tu rabia y la mía, adónde han ido a parar, con cuántos sedantes, cuántos. 
El tiempo ahora es un jarro de agua fría. 
         Qué no nos ha pasado. 
Siento no sentirlo. Pero yo ni una uña de luto.
Queda el destierro y el desarraigo.

Y el diagnóstico: Cínicamente muertos. 




jueves, 22 de enero de 2015

Música de ascensores

Y sin embargo, cariño mío, por un momento, hubiera cambiado mis trajes de ir a misa los domingos, mis camisas, mis faldas largas, y mi buen hacer, por mi ropa más vieja y esas Converse rotas que tanto me gustaban. 



— Hay que ver cómo esta el tiempo. 

— Distraído, señora, distraído.


martes, 20 de enero de 2015

El pan de cada día

El tiempo que paso sin decir nada entre miles de imágenes proyectadas en un centelleo de realidad, como los diez segundos antes de morirte, como la puta película de tu vida, mi gran torpeza para distinguir dónde empieza el bien y dónde el mal, la libertad que busco yo en tus manos, las cosas que no hago por pudor, las enfermedades platónicas que sufro de noche, los orgasmos que te consagré, el olor que dejas en mi ropa, la mierda que irremediablemente arrastramos, las cicatrices de guerra, los polvos que nos salvan del más absoluto vacío, la ansiedad, el pasado lleno de piojos, tu risa como alternativa al ibuprofeno, las veces que he dormido crucificada entre tus piernas, el lenguaje subliminal de dos que se dicen "parece que es tarde" mientras ellos saben que dicen: te quiero, los mordiscos que siento en el estómago cuando te pienso, el extraordinario regalo de sentir, y sentirte, la luna que he besado en el cielo de tu boca, los actores porno que se quisieron, las cursiladas que invento cuando te bajas las bragas. 



lunes, 19 de enero de 2015

Rayuela

—Exacto. Es bueno que veas que vos no tenés nada que ver en mi decisión. No me quedo por solidaridad ni por lástima ni porque hay que darle la mamadera a Rocamadour. Y mucho menos porque vos y yo tengamos todavía algo en común.

—Sos tan cómico a veces —dijo la Maga.

—Por supuesto —dijo Oliveira—. Bob Hope es una mierda al lado mío.

 —Cuando decís que ya no tenemos nada en común, ponés la boca de una manera...

—Un poco así, ¿verdad?

—Sí, es increíble.

 Tuvieron que sacar los pañuelos y taparse la cara con las dos manos, soltaban tales carcajadas que Rocamadour se iba a despertar, era algo horrible. Aunque Oliveira hacía lo posible por sostenerla, mordiendo el pañuelo y llorando de risa, la Maga resbaló poco a poco del sillón, que tenía las patas delanteras más cortas y la ayudaba a caerse, hasta quedar enredada entre las piernas de Oliveira que se reía con un hipo entrecortado y que acabó escupiendo el pañuelo con una carcajada.

—Mostrá otra vez cómo pongo la boca cuando digo esas cosas —suplicó Oliveira.

—Así —dijo la Maga, y otra vez se retorcieron hasta que Oliveira se dobló en dos apretándose la barriga, y la Maga vio su cara contra la suya, los ojos que la miraban brillando entre las lágrimas. Se besaron al revés, ella hacia arriba y él con el pelo colgando como un fleco, se besaron mordiéndose un poco porque sus bocas no se reconocían, estaban besando bocas diferentes.


viernes, 16 de enero de 2015

Once maneras de sobre-vivir

No te lo creerás.
Pero hoy mientras me duchaba en ese acto tan puro de lavarme por dentro y por fuera, cantaba esa canción, el agua me caía por la cara, cerré los ojos.
Al abrirlos, la mancha de vaho que había frente a mi dibujaba unos ojos, y tras los ojos le seguía una nariz junto a una boca. 
Era su cara.
Y continué cantándole...


                                         He pensado en ti esta noche
                 hasta quedarme dormido, 
he pensado 
         en encontrarte 
                           para volver 
                                                a 
                                 estar
               contigo.



martes, 13 de enero de 2015

Rayuela


Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico.


Siempre torpe y distraída y pensando en pájaros pintos o en un dibujito que hacían dos moscas en el techo del coche.

Y mirá que apenas nos conocíamos y ya la vida urdía lo necesario para desencontrarnos minuciosamente. Como no sabías disimular me di cuenta en seguida de que para verte como yo quería era necesario empezar por cerrar los ojos, y entonces primero cosas como estrellas amarillas (moviéndose en una jalea de terciopelo), luego saltos rojos del humor y de las horas, ingreso paulatino en un mundo-Maga que era la torpeza y la confusión pero también helechos con la firma de la araña Klee, el circo Miró, los espejos de ceniza Vieira da Silva, un mundo donde te movías como un caballo de ajedrez que se moviera como una torre que se moviera como un alfil. 


De la misma manera a la Maga le encantaban los líos inverosímiles en que andaba metida siempre por causa del fracaso de las leyes en su vida. Era de las que rompen los puentes con sólo cruzarlos, o se acuerdan llorando a gritos de haber visto en una vitrina el décimo de lotería que acaba de ganar cinco millones. Por mi parte ya me había acostumbrado a que me pasaran cosas modestamente excepcionales.



lunes, 12 de enero de 2015

Oraciones antes de dormir


Y qué más. 
Ah, si. 
Estoy tan bien que no te lo creerías.
Leo libros de autoayuda aunque lo que realmente me funciona es hacer lo que me da la gana.
Supe que algo cambiaba el día en el que al aparcar, abrí la puerta del coche y golpeé un árbol, me cayó todo el agua y en vez de maldecir a dios, rompí a reír.
Porque también se rompe a reír, ¿sabes? 
No solo a llorar. 
Ya no me hace falta bailar contigo en el salón. Ahora bailo sola, y no se me da tan mal.
Y si no, saco a mi madre a bailar. 
O al perro. 
Ella se ríe y me dice que estoy loca. 
Y yo también me río.
Qué alegría más tonta. 
He desarrollado una gran tolerancia a esos seres minúsculos e hiperactivos que se hacen llamar niños.
Si me vieras pintar monstruos con purpurina... 
A veces me atrevo a coger la pelota y me lanzo a la calle con ellos. 
Seguro que dios descansa. Ese canalla...ya no me oirá maldecirlo,
ni me molesto más en echarle la culpa de todo lo que me pasa. 


Y qué más.
Ah, si.

Se me atragantan las noches.
Además no ayuda mucho ser animal nocturno.
Cambio el dormir plácidamente por pensar.
Pensar, pensar, pensar...
Se despiertan mis fantasmas y juego a una partida de pócker con el demonio.
Todas las noches pierdo y gano. 
Siempre al azar.
Soy como un soldadito verde de esos de juguete. 
Con un paso torpe y lento, pero firme. 
No mires atrás, no mires...
Todas las noches procuro no pensar si verdaderamente sé la causa que defiendo.
La gran causa. 
Y yo qué cojones voy a saber...

Después duermo.



Y al día siguiente, vuelta a empezar.








domingo, 11 de enero de 2015

El día de suerte de Fulano



Perdón por la fiesta.
Ya sé que no son horas.
Y que es un martes cualquiera vísperas de nada.

Pero es que me ha llamado diciendo que quería verme.
Y de pronto al coche le han salido farolillos de verbena.
Las calles se han vestido tres tonos más naranja.
La luna parece el ombligo de la noche.
Y la gente en los bares sonríe y parece más feliz.


Será que saben que nos veremos.


Superadas las pruebas de disconformidad total
y al acecho de las pruebas de sangre que nos comuniquen que tenemos el azúcar y la rabia alta.
Y dado por supuesto que cuando digas blanco yo diré negro. Y viceversa.
Hay un claro diagnóstico. 


Quizás necesitaba este ruido. Tan contrario a lo huérfano.
Tus conciertos tan desafinados que no sepa si quiero matarte 
o esperar al postre para terminar contigo.


Pero es que resulta que a pesar de mi fatigosa cobardía
     de mi don para llegar siempre tarde a las citas
           y de no tener nunca la palabra acertada entre los dientes
                     a veces ni yo puedo esquivarme
                              y suelto las palabras como mismo me salen ardiendo del estómago.



Te quiero






viernes, 9 de enero de 2015

El éxtasis de Bernini


Amor, sucio cabrón.
Siempre sacando lo mejor y lo peor de mi.
Cuántos años lamiéndote el culo y los pezones para que me escupieras ese te quiero. Cuánto te habrá dolido acostumbrarte a mi, a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan. Cuántos atragantamientos, cuántos. Cuántas veces nos hemos perdido en otros cuerpos y salivas buscando el frío que entre nosotros no conocemos. 
Pero es que amor...tú pones cachondos a los niños con granos.
Violento amor, veinte poemas de ti y una canción desesperada.

lunes, 5 de enero de 2015

La soportable levedad del ser

A la mujer de otra:
La mía.


Te he estado mirando mientras sonreías.
He escuchado tan atentamente lo que decías que no sé ni de qué me hablabas.
Pero no he perdido detalle.


Te miro imaginando si eso es todo lo que no había tenido hasta ahora.
Asumiendo las veces que me he perdido la sonrisa de cuando estás celosa,
y la de cuando eres totalmente tú.
Cuando te arrancas el sujetador, o por bulerías.
Aceptando la derrota de que no me condecoras como primera dama en hacerte arañar las sábanas de franela.
Asumiendo todos tus despueses de la fiesta, los domingos que nos debemos, los lunes, las discusiones, la familia, todos los paseos en el parque con cualquiera que no era yo, 
el qué guapa estás hoy de la que antes de mi 
te miraba con unos ojos 
como los que ahora 
te ven. 

O quizás no.

Todo eso me ha dado tiempo a pensar
mientras tú te reías.

Hazme otra vez el amor, sin amor, como a mi me gusta

Tiene los ojos grandes y azules como lagos de Finlandia,
apenas sonríe pero cuando lo hace
su boca parece una orgía de luciérnagas.


Se llama Silvana y cuando se enfada
me da mordiscos en la lengua.


Mide un metro setenta y cinco
pesa setenta y cinco kilos
y podría tener setenta y cinco orgasmos seguidos
si yo fuera una maquina
o aguantara el segundo.


Yo que he llegado tarde a mis últimas veinticuatro citas importantes,
que sé que nunca seré capaz de escribir un libro
y que al único hombre que me ha merecido la pena conocer
se lo comen los gusanos en un triste cementerio.


Sin embargo cuando ella se baja las bragas
y señala con el dedo un punto fijo
el resto del mundo me importa una mierda.


Y la vida otra.


Y tú más.


Si, tú que aún piensas que te amo.


Porque al amor si le das más de lo que te pide
te acabará exigiendo más de lo que tienes.


Y yo no tengo nada,
solo a ella,
y ella es de ella y luego mía
y yo soy de todas y de nadie.


Recuerdo cuando las mujeres no tenían cobertura
cuando mi madre se compró un perro para hablar con alguien,
cuando aquella rubia con nombre de diosa mitólogica
me cambió mi corazón por una roca.


Y me duele.


Pero a las once viene Silvana
y hace así con el dedo pim, pam, pum
como si tuviera una varita
y yo me quedo sin memoria.


A las once sí, eso dijo,
con esa voz de
"sé que te duelen los ojos de no mirarme"
y no hay absolutamente nada en la nevera,
como Silvana venga con hambre
esta vez sí
que será mi último poema.



E. Vallejo


viernes, 2 de enero de 2015

Disculpen la absurdez

Empezaré por reconocer la debilidad que tuve al enamorarme de una mujer de tres años.
Entre otras.
Sigo pensando que el arma mortal de doble filo, siempre, siempre, es el aburrimiento.
Me he aficionado a unas pastillas de no se qué unicornios suicidas. 
No me he cambiado al vodka (importante)
Sigo creyendo en la eyaculación vaginal (más importante aún)
Sonia sigue siendo infiel por naturaleza, 
menos mal, más la quiero,
y prestándome libros
de la generación del 27.
Ya no encuentro la misma gracia a los Montes de Venus 
sin Venus compartiendo conmigo afición por las moscas.
Antiojeras,
pintalabios rojo,
anfetaminas, 
drogas de diseño, 
y heroínas,
de las que salvan de verdad. 
Seguimos siendo capaces de perder los papeles,
coronada como ilustrísima dama del deshonor
capaz de hacer rabiar a una piedra.
En casa, a pesar de los 20, me siguen llamando La niña.
Mis exs también. 
Así que todo no va tan mal.



Este año,
para variar,
no he sido tan hija de puta.
Y eso que de cuerpo para adentro soy la mitad de la mujer que empezaba enero vomitando.
Y eso que excusas y medias verdades no me han faltado.


Primero enero cultivando malas cosechas y su frase: las veces que perdí la cabeza por no tenerla entre tus piernas. Mala hierba siempre crece. Y más en tierras fértiles para abonos malos como las mías.
Febrero, ese cabrón tan frío, haciéndole una oda a tus faldas primaverales con poemas de Benedetti. 
Ya conoces mi cursilidad, cariño.
Nunca aprendí a perdonar al cabrón de mi padre
hasta que llegó la primavera. 
Volvió después de 20 años,
ni tan cabrón ni tan señor,
pero es que gracias. 
Se fue mi madre.
Y yo ya no entendía nada.
Septiembre, siempre el mes de las mudanzas. 
El mes del desarraigo. 
Entendí a duras penas, literalmente, 
que deshaciéndome de todo, me haría conmigo misma.
Octubre apareció como el Cristo de los lunares, resucitándome de las cenizas y aireándome de la mierda. 
Ya necesitaba tirar de milagros. Así que pinté.
Fue algo grande, y soberbio. Sucio y clásico. 
Como el ego de un pintor.


Un año más, no todo va tan mal...