Ya sé que no son horas.
Y que es un martes cualquiera vísperas de nada.
Pero es que me ha llamado diciendo que quería verme.
Y de pronto al coche le han salido farolillos de verbena.
Las calles se han vestido tres tonos más naranja.
La luna parece el ombligo de la noche.
Y la gente en los bares sonríe y parece más feliz.
Será que saben que nos veremos.
Superadas las pruebas de disconformidad total
y al acecho de las pruebas de sangre que nos comuniquen que tenemos el azúcar y la rabia alta.
Y dado por supuesto que cuando digas blanco yo diré negro. Y viceversa.
Hay un claro diagnóstico.
Quizás necesitaba este ruido. Tan contrario a lo huérfano.
Tus conciertos tan desafinados que no sepa si quiero matarte
o esperar al postre para terminar contigo.
Pero es que resulta que a pesar de mi fatigosa cobardía
de mi don para llegar siempre tarde a las citas
y de no tener nunca la palabra acertada entre los dientes
a veces ni yo puedo esquivarme
y suelto las palabras como mismo me salen ardiendo del estómago.
Te quiero

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