Tiene los ojos grandes y azules como lagos de Finlandia,
apenas sonríe pero cuando lo hacesu boca parece una orgía de luciérnagas.
Se llama Silvana y cuando se enfada
me da mordiscos en la lengua.
Mide un metro setenta y cinco
pesa setenta y cinco kilos
y podría tener setenta y cinco orgasmos seguidos
si yo fuera una maquina
o aguantara el segundo.
Yo que he llegado tarde a mis últimas veinticuatro citas importantes,
que sé que nunca seré capaz de escribir un libro
y que al único hombre que me ha merecido la pena conocer
se lo comen los gusanos en un triste cementerio.
Sin embargo cuando ella se baja las bragas
y señala con el dedo un punto fijo
el resto del mundo me importa una mierda.
Y la vida otra.
Y tú más.
Si, tú que aún piensas que te amo.
Porque al amor si le das más de lo que te pide
te acabará exigiendo más de lo que tienes.
Y yo no tengo nada,
solo a ella,
y ella es de ella y luego mía
y yo soy de todas y de nadie.
Recuerdo cuando las mujeres no tenían cobertura
cuando mi madre se compró un perro para hablar con alguien,
cuando aquella rubia con nombre de diosa mitólogica
me cambió mi corazón por una roca.
Y me duele.
Pero a las once viene Silvana
y hace así con el dedo pim, pam, pum
como si tuviera una varita
y yo me quedo sin memoria.
A las once sí, eso dijo,
con esa voz de
"sé que te duelen los ojos de no mirarme"
y no hay absolutamente nada en la nevera,
como Silvana venga con hambre
esta vez sí
que será mi último poema.
E. Vallejo
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