Y qué más.
Ah, si.
Estoy tan bien que no te lo creerías.
Leo libros de autoayuda aunque lo que realmente me funciona es hacer lo que me da la gana.
Supe que algo cambiaba el día en el que al aparcar, abrí la puerta del coche y golpeé un árbol, me cayó todo el agua y en vez de maldecir a dios, rompí a reír.
Porque también se rompe a reír, ¿sabes?
No solo a llorar.
Ya no me hace falta bailar contigo en el salón. Ahora bailo sola, y no se me da tan mal.
Y si no, saco a mi madre a bailar.
O al perro.
Ella se ríe y me dice que estoy loca.
Y yo también me río.
Qué alegría más tonta.
He desarrollado una gran tolerancia a esos seres minúsculos e hiperactivos que se hacen llamar niños.
Si me vieras pintar monstruos con purpurina...
A veces me atrevo a coger la pelota y me lanzo a la calle con ellos.
Seguro que dios descansa. Ese canalla...ya no me oirá maldecirlo,
ni me molesto más en echarle la culpa de todo lo que me pasa.
Y qué más.
Ah, si.
Se me atragantan las noches.
Además no ayuda mucho ser animal nocturno.
Cambio el dormir plácidamente por pensar.
Pensar, pensar, pensar...
Se despiertan mis fantasmas y juego a una partida de pócker con el demonio.
Todas las noches pierdo y gano.
Siempre al azar.
Soy como un soldadito verde de esos de juguete.
Con un paso torpe y lento, pero firme.
No mires atrás, no mires...
Todas las noches procuro no pensar si verdaderamente sé la causa que defiendo.
La gran causa.
Y yo qué cojones voy a saber...
Después duermo.
Y al día siguiente, vuelta a empezar.
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